Leyenda de la casa maldita

Leyenda de la casa maldita

Mi abuelo vivió hasta los 102 años y logró vivir la transición hacia la modernidad del pueblito de Colombia que habitó durante toda su vida. Nadie conocía como él la historia de todas las casas, de todas las familias y lugares. Un día caminábamos por una calle y veo que él me toma de la mano y cruza nerviosamente la acera, evitando pasar por una casona antigua donde funcionaba un colegio. Me extrañó que un hombre grande y valiente como mi abuelo se comportara de ese modo y, al llegar a casa, puse una taza de café frente a él y le pregunté la razón de ese comportamiento. Él palideció un poco y comenzó su historia:

A principios del siglo XX, mi abuelo era un hombre joven que aprovechaba cualquier trabajo para mantener a su familia. Alguien le ofreció un trabajo que parecía de ensueño: vigilante nocturno en un colegio, sólo tenía que hacer un par de rondas durante la noche y  dormir allí, en una habitación modesta pero bastante cómoda. El sueldo era el triple de lo que solían ofrecer para ese tipo de empleos, lo que le pareció sospechoso pero como necesitaba el trabajo, aceptó. Mi abuela, una mujer muy creyente, le dio un dije en forma de cruz, bendecido por el padre de su iglesia para que le protegiera de los ladrones y peligros.

En el primer día le hicieron una ronda por la antigua casona y le dieron una lámpara de queroseno, las llaves y su arma de reglamento. Después de explicarle sus labores, lo dejaron para pasar la noche. Mi abuelo hizo la primera vuelta con total tranquilidad, revisó todas las puertas, verificó los salones y se retiró a la pequeña habitación a descansar un poco. Un ruido súbito lo despertó, como si alguien hubiese tirado un montón de vasos de cristal al suelo, volviéndolos añicos. Tomó la linterna, el arma de reglamento y corrió hacia la dirección del sonido. La lámpara se apagó a mitad de camino, pero sin perder tiempo, se adentró en la oscuridad y no encontró nada.

Volvió a revisar las puertas, las cerraduras, verificó que estaban perfectamente cerradas e intactas y regresó a su habitación, alerta a cualquier otro sonido, dejando la lámpara encendida en el pasillo frente a su cama. Todo parecía tranquilo y desolado, en total calma y poco a poco, el sueño fue apoderándose de él. Los párpados le pesaban cada vez más y en medio de su sopor, con los ojos entreabiertos, vio la figura de un hombre pasando frente a su puerta. Una vez más, salió para encontrarse con la más completa oscuridad: la llama de la lámpara de queroseno (que estaba protegida contra el viento por un cristal) se había apagado.

Aún cansado, regresó a la precaria cama y cayó rendido al fin. Despertó a las pocas horas, pues escuchó un ruido. Al abrir los ojos, no vio el techo de la habitación sino la puerta, donde una mujer de cabellos largos y ojos rojos se reía a carcajadas antes de desaparecer. En medio de la impresión, vio que el camastro no yacía sobre el suelo, sino que había sido levantado verticalmente, quedando de pie. Cerró los ojos, agarró la cruz de su cadena con ambas manos y comenzó a rezar en voz alta, mientras escuchaba el sonido de cadenas, gritos, aullidos de dolor en todo el lugar. Él, que nunca ha sido un hombre religioso, no paró de rezar nunca, con los ojos muy cerrados hasta que al finalizar un Padre Nuestro, la cama cayó con un golpe a su posición original. Estaba amaneciendo, así que aún pálido y asustado, tomó sus cosas y abandonó el lugar.

Mi abuelo se dirigió al mercado, que queda a un par de cuadras, donde pidió un café. Al verlo notablemente trastornado, la señora que atendía el local le preguntó si estaba bien. Él le contó su experiencia. La mujer palideció y le dijo: Cómo se le ocurre aceptar ese trabajo! Aquí todos saben lo que ocurre en ese colegio. Allí funcionó un hospital que atendió a los supervivientes de una peste, que quedaron desfigurados y perdieron la razón encerrado; luego, el lugar sirvió como cárcel para esclavos donde torturaban a diario a todos los presos. Dos hombres que han ignorado las advertencias y se han suicidado en ese lugar, enloquecidos por las visiones y las voces. Usted tiene mucha suerte de estar vivo, alguien muy grande le protege. Mi abuelo volvió a tocar la cruz de su cuello, pensó en su esposa, en sus  dos hijos y agradeció a Dios por haberle permitido seguir viviendo. Pagó su café y regresó a casa.

Años después, por cuestiones de trabajo, estuve revisando los documentos de la ciudad. Efectivamente, en esa casa funcionaron una cárcel y un hospital y ahora, un colegio. Ya han ido muchos curas a hacerle exorcismos al lugar, sin embargo, cuando regreso al pueblo, cruzo la calle para no pasar frente a él.

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